CLASIFICADA "S"
EL GRAN NEGOCIO DE LA TRANSICIÓN

De 1978 a 1983, el cine español se escribió con “S”. A medio camino entre el destape y el inminente porno, las películas “S” contribuyeron a la normalización del sexo en la España posfranquista. 

Érase una vez una España que se estaba descongelando, que ya había visto el felpudo de la Cantudo en La trastienda (Jorge Grau, 1976) y que quería más. Con la supresión de la censura, y a la espera de una legislación para el cine pornográfico, en noviembre de 1977, el gobierno de Adolfo Suárez se sacó de la manga el cine S, género o subgénero al que se apuntaron no pocos directores, productores y actores. Entre principios de 1978 y 1983, nuestras pantallas se llenaron de colegialas lesbianas, chicas de bragas transparentes, suecas bisexuales, muchos sexólogos, burgueses pecadores, jóvenes dotados y viciosas al desnudo. Habíamos estado 40 años sin sexo, y teníamos que recuperar el tiempo perdido. Ir un poco más allá del tímido y superado destape.

Ya desde los primeros títulos, estaba claro de que el negocio S estaba, más que en las parejas heterosexuales de toda la vida, en los dúos, tríos y cuartetos lésbicos. ¿Y quién hizo de ello la base de sus argumentos? Ignacio F. Iquino (1910-1994), uno de los pilares de la industria barcelonesa que se reconvirtió de director y productor de thrillers, westerns y comedias de Mary Santpere o Paco Martínez Soria al mayor encamador de chicas del Territorio Comanche S: véase La caliente niña Julietta, Emmanuelle y Carol, ¿Podrías con cinco chicas a la vez?... Siempre cerca del sensacionalismo y el oportunismo, Iquino fue la S de Sagaz.

La famosa letra acompañó el estreno de varios films españoles debidos a cineastas de prestigio con una etiqueta de comprometidos. Verbigracia: el siempre incorrecto y batallador Eloy de la Iglesia, que en vida del dictador ya topó innumerables veces con la censura, vio pegada la S a El Sacerdote y El Diputado, ambas de 1978, y La mujer del ministro, de 1981. Carne apaleada (Javier Aguirre, 1978) fue sentenciada por su mezcla de sexo y política. Y el cuarteto se completa con Caniche (Bigas Luna, 1979). ¡Guau!

Bajo el paraguas en forma de S, también nos llegaron films extranjeros como la japonesa El Imperio de los Sentidos (Nagisa Oshima, 1976), Salón Kitty (1976) y Calígula (1979), ambas del italiano Tinto Brass; Saló o los 120 días de Sodoma (1975), de su paisano Pier Paolo Pasolini; Tres mujeres inmorales, dirigida por el polaco Walerian Borowczyk en 1979; o incluso la australiana Mad Max (George Miller, 1979), cuya exacerbada violencia, que no sexo, la puso exactamente en el mismo saco que todas ellas.

Junto a Iquino, hubo otro director español que recibió el recién nacido porno blando español como agua de mayo. Y, como el catalán, se convirtió en un verdadero estajanovista. Nos referimos, claro está, al madrileño Jesús Franco (1930), el rey de los pseudónimos que, en un plis plas, puso a toda su escudería femenina a trabajar, con su musa y mano derecha Lina Romay al frente, y, en un abrir y cerrar de piernas, parió títulos como Sinfonía erótica, Sadomanía, Aberraciones sexuales de una mujer casada, La chica de las bragas transparentes, El sexo está loco, Confesiones íntimas de una exhibicionista, El hotel de los ligues, etcétera. Franco es un heterodoxo experimentador, un túrmix de ideas, disciplinas y locuras sin parangón: él es la S de Sorprendente. (Cándido Mirón y Pere Vall).

He aquí una muestra de algunas de esas películas. Están en orden alfabético. Imposible reunirlas todas, pero sirven de ejemplo de una época clave para la mayoría de edad mental de muchos españoles, aunque este, por su ideología machista y homófoba, posiblemente no era el mejor camino a seguir.